''...no podemos asemejarnos a Cristo, y poseerLo,
sin la intervención de su Madre.''
Testimonio
Chiara Lusetti
Mi llamada coincide con el día de mi nacimiento cuando mis padres dijeron que mi nombre era Clara. Mi nombre ha sido siempre importante para mí, porque en mi familia se acostumbraba festejar no solo el cumpleaños, sino tambien el onomástico, por lo que el 11 de agosto festejaba mi protectora: santa Clara de Asis. Escuhe también, en el catecismo, hablar sobre la vida de otro grande assisano: san Francisco.

Suor Chiara della Risurrezione

Un momento importante en mi vida, fue el nacimiento de mi hermano Damián, cuando yo ya tenia seis anos de edad. En aquel mes, mi parroquia habia ido de peregrinacion a Assís (Italia) y al regreso, mi párroco nos regaló una especie de album con fotografías. Este album tenía en su tapa, la imagen del crucifijo de san Damian y en el interior una serie de fotos en blanco y negro de la ciudad de Assís. Lo miré atentamente sentada sobre las rodillas de mi mamá, quien me lo describía con atención. Mi madre, profesora en el Instituto de Arte, conocia Assís y me comentaba la belleza de esta ciudad. Yo veía en aquellas fotos, solo imágenenes obscuras y pensaba : “yo a Assís, no iré jamas”. Aáos después, dieron en la televisióón un filme sobre la vida de san Francisco (“Hermano Sol, Hermana Luna”) que quizás por su fotografía y música, me atrajo. Con asombro de mi parte, nos lo proyectaron también en la escuela.

Me fue naciendo entonces el deseo de conocer ese santo un tanto extraño que cantaba por los campos de Assis, las maravillas del Señor. La ocasión finalmente se dio, cuando tenia 14 años de edad: un paseo familiar a Assis junto a una pareja amiga. Parti llena de expectativas aun con la música en los oidos de aquella pelicula que tanto me habia gustado, mas, con grande admiracion de mi parte, Assis me resulto mucho mas bonita de lo que me la habia imaginado y, sobre todo, en ésta experimenté una gran paz interior. Visité la Basilica de santa Clara, donde encontré una monja que al saber mi nombre, me prometio de rezar especialmente por mi: “Te mandaremos los augurios en tu onomástico”, me dijo y asi lo hicieron. Esa monja se llamaba Clara Luisa. Regresé a casa con san Francisco y santa Clara en mi pensamiento, convirtiéndose en mis “mansos” amigos de la adolescencia.

Posteriormente nació otro hermano mio al que a toda costas propuse que se llamase “Francisco”. Optamos por llamarlo “Samuelfrancisco”. Frecuenté el Instituto Magisterial y luego me inscribi en la Universidad. Poseia grandes ideales y grandes sueños: queria estudiar antropologia cultural para trabajar en las escuelas primarias en proyectos interculturales, de integración de niños extranjeros pero dichos cursos especificos aún no existian. Opté entonces por Lenguas y Literatura europeas. En dicho tiempo nació Maria Lucía, la última de mis hermanos.

Durante la Universidad entré en crisis; me parecía que todas aquellas certeza y verdades enseñadas por mi familia y por la comunidad parroquial, se destruyesen delante los primeros golpes de la vida: muerte, enfermedad, dolor. Qué respuestas dar? Todas las respuestas que poseía debían ser evaluadas y refundamentadas. Ese trabajo sólo lo podía hacer yo misma. No me era suficiente un proyecto de realizacion “profesional”, o ser voluntaria cuando me sentía, me faltaba un PROYECTO DE VIDA! Qué hacer con mi vida? La sola idea de que el Señor tuviese un proyecto diferente para mí, me fastidiaba muchísimo. Me decía: “Quién es este Señor que piensa de permitirse decidir sobre mi vida? No soy un títere!

Este Señor que conocía tan poco, pero que me fascinaba tanto porque sus palabras, que leía en un pequeño Evangelio que me regaló el parroco, descubrí paulatinamente ser verdadero, le podia confiar mi vida. Entonces me presenté fuertemente la pregunta: qué es lo esencial en la vida?” “Qué debo hacer?” No sabía percibir mi futuro. Una noche me puse a repensar mi infancia, los momentos más felices y me di cuenta que en esos estaba siempre presente el Señor..Comencé a rezar y la conclusióón fue un acto de fe: “Señor, aún no distingo pero sobre la base de lo que me has hecho experimentar hasta ahora, creo que me ayudarás!”

Tiempo despues, en el dia de mi cumpleaños, recibí dos regalos inesperados, dos libros: “La alegría del Evangelio” y “Las Florecillas de san Francisco”. El primero me enseñaba la Lectio Divina... a hacer vida la Palabra, mientras el segundo profundizo mi atracción hacia los santos de Assís. Estos dos regalos produjeron en mí el efecto de hacerme reprender una vida de oración más intensa y sentir necesidad de madurar mi fe. Decidí de participar en un campamento para jóvenes, organizado por la Acción Católica (ambiente que ya conocía), cuyo tema era la “encíclica Christis Fideles laici: el compromiso de los laicos en la sociedad”. Este tema no me atraía demasiado pero pensé: “mejor que nada!”. Apenas informé a mi madre sobre esta decisión, cuando leí en el diario diocesano:”Semana vocacional en Assís con los frailes Capuchinos de la Emilia Romagna”. Me dije: “Esto es para mí!” Era justamente lo que buscaba aunque el ambiente franciscano no lo conocía y no era muy favorable a realizar sola experiencias nuevas. Recé: “Señor si es tu voluntad que yo vaya a Assís haz que encuentre el modo de ir”. El Señor me mandóuna prima mas intrepida que yo.

Suor Chiara a MangaPartimos para Assís y aquella semana vocacional fue como una puerta que se me abria. Habia encontrado un camino por el que andar. Me sentia como en casa, no obstante mi ánimo estuviese lleno de preguntas y pensamientos. Realicé un descubrimiento sensacional: la humanidad de Francisco (que yo lo consideraba un santo inalcanzable) me revelaba la humanidad de Cristo.

A partir de entonces, san Francisco me acompañó en el descubrimiento de Jesus. Comencé a rezar los salmos, decidi dejarme guiar por un padre capuchino. Por dos años repeti esa experiencia mas en un camino de discernimiento, que tuvo su concretización el dia 11 de agosto (dia de la fiesta de santa Clara), cuando finalmente me propuse: “voy a realizar una experiencia en un convento”.

Esta decision fue para mi como una liberacion que manifesté corriendo al cuarto en el que me hospedaba. Delante de su ventana sobre el valle espoletano exclamé: “Señor, eres grande!”. Las Hermanas Franciscana con las que habia decidido visitar, no me pudieron acoger en esa oportunidad, a causa del Capitulo General que celebraban, por lo que me dirigi a otro Instituto. Fue asi que conoci a las Misioneras Franciscanas del Verbo Encarnado. Después de un primer momento de “susto”, encontré a M. Liliana. De aquel encuentro, recuerdo particularmente una frase: “...no hacemos nada de especial, somos Hermanas de la vida cotidiana...” Dentro de mi respondi: “Si, menos mal!” Inicié un camino de acompañamiento que me llevo a iniciar el Postulantado y las etapas sucesivas. El Señor poco a poco me ayudó a experimentarlo. Un momento muy importante fue durante el noviciado, en el que me reveló de manera clara y fuerto su amor por mí, asi como yo era y que la “lengua” con la que podia hablar con El es la caridad.

El Señor me hizo conocer su misericordia.

Hna. Clara de la Resurrección